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Rosa Marín

Cuando cumplí siete años, mi
madre me regaló mi primer perro, Dingo. No le quedó más remedio,
porque esa era la única solución que encontró para que yo dejara
de acariciar a todos los perros que me encontraba por la calle o
que dejara de ofrecerme a sacar a pasear a todos los perros del
barrio. No lo podía evitar, los perros eran mi gran pasión.
Fui creciendo y a la vez mi
pasión por ellos aumentó.
Me encantaba estar rodeada de perros y no soportaba ver que los
maltrataran o ver a un perro abandonado. Tenía que hacer algo.
Por eso, en el año 2000, decidí pasar a formar parte, primero
del voluntariado y después de la directiva de PROA, una
Asociación Protectora de Animales.
Allí viví situaciones muy
duras, perros que llegaban en muy malas condiciones. Pero
también viví situaciones maravillosas, perros que se adoptaban,
que encontraban un nuevo hogar.
También pude comprobar que muchos perros eran abandonados en el
albergue debido a problemas de conducta o sociales.
Comprendí lo importante que
sería para PROA tener un educador canino que pudiera resolver
esos problemas.
Me informé y, en el año 2002, empecé un curso de educación
básica en la escuela canina Frajamo Madrid con una de mis
perras, Lucky. Yo estaba encantada, porque todo lo que estaba
aprendiendo me iba a venir muy bien en PROA. La educación de los
perros ya estaba asegurada.
La experiencia fue tan buena que seguí en la misma escuela
Frajamo con obediencia avanzada y sacándome el título de
monitora.
Ahora entreno y compito con mi perra Loba (Flor de Parayas). Es
mi gran hobbie.
He cumplido uno de mis sueños, tener siete perros maravillosos
y, además, algo muy importante, tener con ellos una convivencia
totalmente satisfactoria.
Es genial, de verdad...
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